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viernes, 15 de mayo de 2015

NUNCA SE SABE

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Nunca se sabe[LT1] 



José Manuel Caballero Bonald





La polvareda, estacionada a media altura sobre el tramo de grava de la carretera, se precipita en busca del coche, enroscándose en el embudo que iba formando el brusco desplazamiento del aire, mientras volvía a sentir los ramalazos del calor taponando la distancia, obstruyendo el campo visual con una especie de incandescente y desolado muro de contención. De modo que lo único que podía hacer era espiar con agobiante encono los arcenes de la carretera, intentando descubrir algún lugar propicio para poder recuperarme un poco, si es que todavía estaba en condiciones de admitir sensatamente esa posibilidad. Accioné entonces (me parece que fue entonces) el botón de la radio y se me echó encima una espantosa red de voces inarticuladas e instrumentos de percusión, entre cuya maraña creí distinguir la gangosa quejumbre de la ninfa negra, cosa que me resultó aún más intolerable y me obligó, en un súbito relampagueo de lucidez, a interceptar aquel hediondo reguero de música que abastecía con nuevas bocanadas de desazón el horno del coche. Posiblemente en ese momento (cuando volvió a hacerse audible el motor) empezaron a menudear algunas manchas de juncia, cuya simple propuesta de alivio desvaneció un punto el fétido y abrasado aliento del pedregal que había venido atravesando durante no sabía ya cuánto tiempo. A poco trecho de allí, al trasponer un imprevisto cambio de rasante, se me entró por los ojos un fogonazo de verdor y sentí como el glandular barrunto de una proximidad de agua. No sé si frené entonces para vigilar mejor algún desvío cercano a aquella precaria umbría, pero lo más seguro es que acelerara porque (creo que simultáneamente) adiviné más que vi un calvero orillado de una polvorienta cerca de evónimos, con un cobertizo lateral de podridos puntales, no de muñones hundidos en la ciénaga de Estigia, y allí me arrimé acometido de un confuso automatismo, con todo el cuerpo chorreante y como entumecido por esa delectación en la tortura que precede al letargo. El sombrajo de cañizo estaba separado de la puerta del ventorro por una veintena de pasos. Algo viscoso y ululante (como una lengua de amianto al rojo, por ejemplo) me lamió ferozmente la cara cuando bajé del coche. El ventorro era de una sola planta y los blanqueados ladrillos de las paredes estaban mordidos de pequeños derrumbes y tumefactos orificios, circunstancia ésta que favorecía la suposición de que allí debían estar depositándose los pavorosos residuos de los cuerpos calcinados por el calor, fermentados ya en la atroz gusanera de la memoria. Una asfixiante racha de viento sacudió la puerta justo en el momento en que iba a abrirla. Sospecho que hasta que no me encontré delante del mostrador y me acodé en él para pedir un uisqui con mucho hielo, no empecé a ver claro o, mejor, a distinguir entre la evidencia de estar en aquel desconocido sitio y la eventualidad de seguir obnubilándome bajo la insolación. Era como si me librase con despiadada lentitud de esa tórrida pella de ahogo que había estado actuando sobre cada poro de mi cuerpo, con una voraz e ininterrumpida violencia, por espacio de un ya inconmensurable número de horas. El camarero hablaba con un hombre sin nariz que estaba apoyado contra la pared medianera, al otro extremo del mostrador. No se acercó cuando le pedí el uisqui ni tampoco me miró cuando machacaba un irreconocible trozo de hielo y destapaba una botella de aspecto por lo menos fatídico. El hombre sin nariz cambió de postura: se apoyó de lado en el tabique y se restregó agresivamente un zapato con el talón del otro; daba una urgente impresión de desamparo, como si le hubieran amputado inadvertidamente el perfil. Creo recordar que me tomé de un trago aquella basura con hielo y que sentí en el estómago el arañazo del hielo, a la vez que ese mismo arañazo me latía dolorosamente entre las sienes y la nuca. Me fui para el retrete sin preguntar dónde estaba, previendo que iba a averiguarlo sin equivocación posible, y vi entonces entrar a dos camioneros que se sentaron en una mesa situada entre el recodo del mostrador y lo que tenía que ser la puerta del retrete. Uno de ellos tuvo que apartar su silla para que yo pasara, si bien el espacio que dejó practicable difícilmente podía ser salvado sin ostensibles esfuerzos de contracción muscular. Oí que hablaban de un accidente que había ocurrido por allí cerca o eso fue lo que me pareció entender, ya que, debido posiblemente a la particular acústica de aquel rincón del local, las voces me llegaban como a través de un tubo. El retrete era angosto, si es que se puede llamar angosto a un cubículo donde malcabían un lavabo de leproso cuenco y una letrina adosada a un poyo, con su mefítico boquete central y sus resaltes limosos para los pies. Me eché agua en la cara y luego oriné mirando al techo y sin secarme el agua de la cara. El espejo no era sino una minúscula y opaca lámina de purulento azogue: no conseguí encontrar ningún resquicio donde poder mirarme; una sombra con telarañas se me acercó del otro lado al tiempo que yo me acercaba a ella, eso fue todo. Cuando regresé al mostrador, el hombre sin nariz había sido subrepticiamente reemplazado por un muchacho a quien le sobraba buena parte de la suya, grotesco episodio que no dejó de producirme cierta inquietante confusión. El muchacho movía la boca sin cesar y sin motivo aparente y llevaba una camisa estampada, de largos faldones, abierta y flotante por fuera del pantalón. Juzgué discreto no pedir otro uisqui o lo que fuera: sabía que me iba a sentar mal y todavía me quedaba por cubrir un trayecto ciertamente alarmante, suponiendo que siguiera conservando esa mínima dosis de exasperación que necesitaba para no desertar. Pero tampoco me decidía a reemprender el camino: el hielo continuaba circulándome punzantemente de un conducto a otro de la cabeza y tenía el pecho como agarrotado por un émbolo de humo y de sofoco, cargado y vaciado allí dentro una y otra vez. El muchacho de la camisa estampada se fue pausadamente hacia la radiola, que quedaba por detrás de la mesa de los camioneros. En cualquier otra circunstancia, me habría percatado en seguida (suele ocurrirme) que esa operación respondía a la puesta en marcha de un resorte que había permanecido deliberadamente interceptado desde que el dueño del ventorro procedió a la compra de la radiola. Entiendo, sin embargo, que tal vez convenga buscar a este respecto una prefiguración motriz de más inmediato alcance: es decir, que el muchacho de la camisa estampada se dirigía hacia la radiola ajustándose a la transmisión de unos hechos cuyo engranaje había sido rectificado, pongamos por caso, en el preciso momento en que emprendí el viaje en coche o, más niveladamente, cuando decidí refugiarme en aquel ventorro. Tiendo a dar una muy particular importancia a estos mecanismos de sustitución de la voluntad; a veces, retrocediendo por la gradual constatación de actos de tan pueril naturaleza como el que me ocupa, he obtenido muy sorprendentes conclusiones relacionadas con mi innata curiosidad por la nigromancia. Ahora estaba sucediendo algo presumiblemente similar a lo que ya había experimentado en otras ocasiones, aunque sin tamaña clarividencia. Sabía, por lo pronto, con una certeza sobre la que no hubiese admitido la menor objeción, que el muchacho de la camisa estampada no llegaría a la radiola, al menos en aquel instante en que todo hacía prever que llegaría. Algo iba a suceder indefectiblemente: no una conmoción anómala esta vez, desde luego, ni ninguna otra supuesta interferencia satánica (que eran los motivos más frecuentes), sino una simple y fortuita posibilidad de opción intercalada en el normal y rutinario despliegue de los acontecimientos. Me importa mucho convencerme de que me explico con suficiente rigor; es de las cosas que más me importa, sobre todo porque no existe poder alguno (de ninguna clase) que pueda ayudarme a potenciar ese convencimiento. De manera que el muchacho de la camisa estampada se detuvo a un paso de la radiola y, justo entonces, volvió la condenada cabeza de oligofrénico que tenía a uno y otro lado, yo diría que atónito, se pasó el revés de la mano por la pringosa frente y se desvió con ridícula jactancia hacia la mesa donde estaban los camioneros. Hasta ahí llega mi facultad premonitoria. Tal vez oyó algo, o bien lo olfateó, que pudo soliviantar un viejo y dormido interés suyo por el riesgo de las aventuras ocultas. Uno de los camioneros parecía extenuado y tenía los ojos guarecidos de tupidas hebras de sangre; no miró al muchacho de la camisa estampada cuando éste se acercó y, sin que mediara ninguna invitación previa, arrimó una silla a la mesa, la hizo girar sobre una pata y se sentó a horcajadas, apoyando sus brazos en el espaldar mientras decía: ¿qué, le damos al manubrio, macho?, a lo que no respondió directamente el camionero extenuado, sino que, después de mirar a su compañero, emitió un resoplido aproximadamente descomunal y masculló algo que muy bien podía identificarse con un erupto de león o con la palabra mierda. El otro camionero dijo: pon ahí ese disco de uno a quien le rompieron la jeta, anda. Y el muchacho de la camisa estampada: oiga, que aquí no se ha insultado a nadie, pero ya el camarero se acercaba a preguntarle lo que iba a tomar y él dijo que lo que iba a tomar era un carajillo con más carajo que café. No llegué a enterarme de lo que el camarero le respondió porque entonces empezó a gotear del techo y a correr por las agusanadas junturas de mugre de la solería un líquido con cierta consistencia a jugo de carne corrupta, a eso era a lo que más se parecía incluso en el hedor, con unos sanguinolentos coágulos flotando en las lagunillas que se iban formando en el piso. Y fue en ese trance cuando apareció, no sé de qué suntuosa guarida, de qué espléndida covacha del verano, la angélica y churretosa hermosura de una adolescente (no desnuda del todo) diciendo lo siento mucho, a ver si alguien va a mancharse de grasa, es que se ha reventado el caldero de la comida que estaba cociendo en el aljarafe. No la idea del hirviente y nauseabundo caldero volcado encima mismo de donde estaba (sin el más remoto propósito de escalar los muros, por supuesto), sino la sola presencia de aquella sucia y bellísima portadora de misivas infernales, me reincorporó al vértigo de intentar de nuevo traspasar la intraspasable plancha de calor que me separaba del coche y por la que se internaría ella (la turbadora mensajera de los lémures) para comunicarnos entonces a las cuadrillas de picapedreros que ya estaba lista la comida. Mi desplazamiento hacia la parte del mostrador que no había sido alcanzada por la inmundicia coincidió con la subida de tono de la voz de uno de los camioneros (el menos extenuado) que decía: un respeto, ya ha oído aquí a mi compañero, y yo se lo repito para que lo entienda de una vez, que tenga un respeto, que éste lo vio todo por el retrovisor y nos bajamos, claro; un desastre, fue lo que se dice una atrocidad. Bueno, de acuerdo, dijo el muchacho de la camisa estampada, suelte ahí un duro y le coloco en la máquina una pieza de entierro; yo soy así para mis cosas, me hago cargo de lo que pasa, ¿o no me hago cargo? Y dijo el camionero extenuado: ea, se acabó, ya está bien o se lo voy a tener que decir de otra forma, se acabó. El camarero pareció salir un punto de la modorra que lo tenía nuevamente derrumbado sobre la pileta, buscando con la cara la pestilente frescura del cinc, y ya lo está oyendo, dijo con un aburrimiento insufrible. Y el otro camionero: hay que fastidiarse, leñe; estamos que no se nos quita la impresión de encima y aquí el joven tiene ganas de candela, dale que te pego. Yo, en el fondo, casi me ponía de parte del muchacho de la camisa estampada, me figuro que porque se había subordinado (no sin ciertos agresivos reajustes, debo reconocerlo) a la consternadora dinámica de la sustitución de la voluntad, maniobra que, según es notorio, ha puesto en peligro más de una vez al protagonista. Y en esto, una vieja desdentada y de hirsuta pelambre de gorgona asomó su furibundo rostro por la andrajosa arpillera que cubría un hueco al otro lado del mostrador, y desde allí, con las fauces sumidas y asomando una garra, le gritó al camarero: a ver si te espabilas, criatura, que estás pasmao, ¿qué es lo que pasa ahí? Pero la criatura ni se esforzó en volverse hacia quien así le hablaba, limitándose a enderezarse con enojosa indolencia y a deslizar tediosamente sus manos desde los costados a las nalgas. Y ya volvía a divulgarse por el asfixiante recinto el ladrido de la gorgona: lo que hay que aguantar; te vas, si quieres, ya estoy harta; para eso, igual si estoy yo sola, a lo que replicó el camarero que no iba a caer esa breva, comentario que no mereció exactamente el beneplácito de la gorgona, la cual salió manoteando y con la perversa intención de arrastrar al camarero a su cubil, no mordiéndolo, creo, sino sometiéndolo a una vergonzante sucesión de empellones, sólo interrumpidos cuando entraron en el ventorro dos ciudadanos con irreprochable traza de alguaciles. Los dos pidieron naranjadas y los dos las consumieron a la vez y despacio, hasta tal punto que llegué a imaginarme que eran una sola persona duplicada por algún delirante efecto óptico. Sólo se escuchaba el trasiego del líquido (aliado al miserable jadeo de la gorgona) y la ya casi imperceptible voz del camionero extenuado: así que los tres se han quedado ahí muertos absolutos todos los ocupantes de los dos coches zas el que venía por su lado y el que se le echó encima si hubiera habido más ocupantes más muertos seguro nos bajamos pero allí ya no había nada que hacer una cosa horrible o sea que nos dijo la pareja que nos viniéramos aquí por si hacía falta echar una mano en lo del traslado. Sentí que me ardían las rodillas con un enojoso ensañamiento y vi entonces salir de una de las botellas de naranjada una larva marrón, no, un vómito de plantas monocotiledóneas (no muchas, es cierto) que se iban depositando entre las greñas de la gorgona, sin que ella ni nadie de los que estaban cerca se diesen por enterados. Uno de los alguaciles se asomó a la puerta con fingido formulismo cuando se oyó una sirena, cercana o lejana, enroscándose en los graves para volverse a desanudar en los agudos, un mugido agónico de buey confundiéndose con la acuciante lamentación nasal de la ninfa negra, que ahora volvía a medio escucharse después de que el muchacho de la camisa estampada había logrado manipular en la radiola. El círculo se cerraba: era el momento previsto para que se produjese esa confluencia, es decir, para que la pieza que faltaba se incorporase a la maquinaria y pusiese en funcionamiento la cadena de actos que había quedado interrumpida poco antes. Dada la exactitud de mis predicciones, estaba casi decidido a pedir otro uisqui con mucho hielo e incluso a compartir la ínfima tolerancia de la bebida con el muchacho de la camisa estampada. La voz asexuada de la ninfa negra me sometía, sin embargo, a una absoluta incapacidad para proceder a desembarazarme de la cegadora tenaza del calor. Fue entonces cuando el coche se me fue a un lado, ya a la vista de una escuálida cerca de evónimos, y giré bruscamente el volante. No tuve tiempo de encontrarle una mínima coherencia a la terrible estupidez que iba a desencadenarse: lo único que intuí es que era virtualmente imposible evitar la embestida contra el coche que venía en sentido contrario. Sentí un empujón brutal y como un latigazo de fuego dentro de los ojos. Algo que goteaba del techo me llenaba la boca o, al revés, algo salía de mi boca que empapaba el techo. Hacía, efectivamente, un calor terrorífico. Uno de los camioneros levantó los ojos tupidos de espanto y miró al indefenso muchacho de la camisa estampada. Llamé otra vez al camarero, pero ya no me oía entre aquel caótico estruendo que se iba catapultando hacia el fondo del pedregal.

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