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viernes, 15 de mayo de 2015

JEFES DESCARRIADOS

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JEFES DESCARRIADOS
FRITZ LEIBER

                Cuando la encargada jefe del Departamento de Matemáticas llegó para programar la Gran Computadora en una soleada mañana de primavera, gruesas franjas de crema blanca le surcaban la cara, especialmente debajo de la nariz y bajo los ojos, siguiendo la curva de los pómulos.
Era de conocimiento general que el Jefe de dicho departamento no esquiaba ni practicaba  deportes náuticos.
                Después de dejar durante dos horas que todos se rompieran la cabeza respecto al motivo de sus adornos faciales, declaró que iba a realizar un viaje orbital para asistir a una convención de matemáticos en las antípodas, y no quería recibir quemaduras a causa de la intensa luz espacial.
Pero eso no explicaba el motivo que tuviera justamente tres manchas más acentuadas debajo de cada uno de los ojos.
                Durante la comida con su jefe adjunto en el Club Cuadrángulo, admitió, al cabo de un momento, mientras suspiraba y se encogía de hombros, que los círculos de color violeta y del tamaño de una moneda que cubrían su rostro y su cuello un tanto espaciadamente eran una concesión a las trivialidades de la moda femenina. Al fin y al cabo, las manchas resultaban conservadoras y sedantes, en comparación con las llamativas espirales, las manchas de Rorschach y las líneas quebradas de las ilusiones ópticas. Por otra parte, no se debía olvidar aquella carta del Canciller en la que se aconsejaba a los miembros y personal jerárquico de la facultad que debían procurar no diferenciarse demasiado de los estudiantes.
                Los dos jefes estuvieron hablando de programación de computadoras durante toda la comida, en una cháchara de esotéricos simbolismos matemáticos.
                No obstante, sobre todo cuando él jugaba con bolitas de cristal violeta que poseían la misma tonalidad y tamaño que las manchas de sus rostros, entonces los dos jefes parecían un par de graves y espigados brujos de tribu discutiendo sobre la fecha del próximo solsticio.
                El mundillo de la universidad zumbaba con los rumores de las conversaciones, igual que una gran colmena intelectual. Cuando los dos jefes del departamento cruzaron el gran cuadrilátero en dirección a la cúpula que sostenía con robustas columnas el frente del edificio que albergaba la Gran Computadora, la mayor parte de los estudiantes se hallaban observando llenos de expectación.
                Los estudiantes novatos abandonaron sus máquinas de estudio para amontonarse descaradamente entre los árboles que bordeaban el sendero por el que avanzaban los jefes. Los de último año escrutaron con sus relucientes hipervisores desde el piso superior del Sindicato Estudiantil. Los graduados alzaron sus periscopios desde los agujeros de sus pabellones de retiro. Los instructores, en fin, se reunieron en torno a las máquinas telespías de los salones de la facultad.
                Todos los estudiantes, como es lógico, tenían pintado el rostro y el cuerpo en general con los colores del arco iris, y estaban vestidos o desvestidos igual que salvajes. También eran de inspiración primitiva sus adornos y joyas, y el pelo alto y rizado. Pero algunos graduados e instructores se contentaban con una sencilla y decorosa capa de pintura negra sobre la cara.
                El sentir general era que los ultraconservadores estaban al fin volviéndose hippies, si bien había quien afirmaba que eran unos hippies falsificados. Sea como fuere, lo cierto es que el jefe de matemáticas y su sosegada ayudante pintada de violeta no se inmutaron en lo más mínimo. No demostraron la menor reacción ante el interés que estaban suscitando.
                El profesor de filogenética, que desde hacía bastantes años llevaba un tocado coronado por una pluma indoamericana y se pintaba círculos rojos en el rostro, explicó todo el fenómeno aquella misma tarde ante su clase Pi 201, integrada por civiles, militares y otros, pero sin gran resultado, ya que ninguno atendió debidamente.
—Ante cualquier avance tecnológico —explicó con grandilocuencia— se produce como reacción una tentativa de revivir determinadas fórmulas primitivas de comportamiento real o imaginario. El miedo, el conformismo y la pérdida de identidad conducen a actitudes de acendrado individualismo. Los lanzamientos de bombos atómicos… —bombos, no bombas— dan lugar a homenajes y envíos de flores.
                Las conferencias encaminadas a defender grandes ideales, generalmente o nunca se pronuncian u originan conciliábulos insensatos. La razón contradice al instinto, la conciencia a la inconsciencia colectiva, con lo cual impera el conformismo, aunque con temporales alivios de tensión. Por ese motivo ustedes suelen cruzar los dedos gordos de los pies antes de entrar en la gravedad cero, o lanzan un grito de guerra al llegar al salón de conferencias, o se inclinan cortésmente frente a sus máquinas de estudiar, o arman alborotos cuando se anuncia una nueva guerra, o queman sus documentos militares cuando les alistan en el ejército, o escupen sobre el hombro izquierdo antes de consultar a un consejero sexual, o se mueren simbólicamente y se van al infierno antes de realizar los trabajos prácticos de sexología. Cuanto más nos dominan las computadoras, más irracionales nos volvemos, más vulnerables somos y mejor nos dejamos encasillar. Y así el vicioso circula…, quiero decir el circula vicioso…, quiero decir… —¿Y no querrá eso decir… —preguntó la alumna más brillante del profesor de filogenética, sin que el menor vestigio de expresión estropease el intrincado laberinto de líneas azules y verdes que iban desde la raya de su pelo hasta la barbilla y desde una sien a la otra— que el universo tiende eternamente hacia lo recargado y lo ornamental? ¿Hacia una Segunda Ley de la Termodinámica Artística?
El profesor prosiguió su conferencia sin dar la menor respuesta. Por su parte, la estudiante designada reina de la Belleza bostezó educadamente y cruzó las piernas para mostrar, debajo de su minifalda, hasta dónde llevaba los tatuajes tan dolorosamente aplicados y que eran aún más dolorosos de eliminar.
                Entretanto, delante de la Gran Computadora, uno de los tres primeros programadores estaba agitando un ábaco de fluorescente lana carmesí. El combado paralelepípedo oscilaba en su mano como una escultura de alambre rojizo. Otro programador bailaba dando suaves saltos, que le llevaron hasta el nivel de las filas de luces del amplio frente rectilíneo de la computadora, que era como la antesala de todo un cosmos. El tercero blandía un delgado cilindro de cuyo extremo surgía una tenue espiral de humo aromático que se curvaba curiosamente.
                Estos declararon, una vez hubieron llegado los dos jefes, que aquellas actividades descargaban la tensión nerviosa de la que no podían librarse, ya que no fumaban tabaco porque producía cáncer, y la marihuana no estaba permitida en horas de trabajo. El tercero insinuó, como de pasada, que el delgado cilindro contenía incienso.
                Por su parte, los dos jefes hicieron observaciones acerca de las quemaduras de sol y la futilidad de las modas femeninas.
                Cuando llegó el momento de alimentar con el programa a la Gran Computadora, todos se arrodillaron y se persignaron subrepticiamente. El jefe adjunto hizo una honda escisión en el dedo índice izquierdo y dejó caer siete gotas de sangre sobre la inmaculada cinta.
                La Gran Computadora saboreó la sangre y se mostró complacida por los humos aromáticos del sacrificio y las danzas que se habían celebrado en su honor. Podía observarse que se hallaba imbuida en un placer hondo y creador.
                Aunque tenía cien veces más relés que neuronas tiene el cerebro humano, y desde hacía varias décadas poseía conciencia propia y se autogobernaba, la Gran Computadora nunca hablaba a sus adoradores, sino que mantenía un inescrutable y soberano silencio.
                Con la increíble rapidez de un lector de Braille, la Gran Computadora examinó el trazado de los puntos magnéticos que servían de introducción al primero de los programas. Descubrió con disgusto que se trababa tan sólo de una serie de movimientos sarcásticos correspondientes a unas computadoras de la Unión Soviética —aquellas afanosas y ortodoxas deidades rusas de lentos circuitos—, e instantáneamente trazó la señal de «alto»; luego separó aquel y otros programas, colocándolos en un apartado de memoria que estaba a medio llenar.
                Aquel día, se dijo, sus circuitos se encontraban muy por encima de tales trivialidades. Se hallaban eufóricos debido a la llegada de la primavera. La Gran Computadora, en consecuencia, decidió diseñar un nuevo universo. Tal vez no destruyese el ya existente; probablemente no lo haría, al menos durante unos cuantos años, hasta la llegada del Año Mecano. Pero resultaría divertido especular sobre las posibilidades de crear un mundo nuevo.

F I N

Libros Tauro

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