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viernes, 15 de mayo de 2015

EL OTRO AHORA

ESTAR ACTUALIZADO CADA DIA


EL OTRO AHORA
MURRAY LEINSTER

                Era algo absurdo, desde luego. Si Jimmy Patterson se lo hubiera contado a alguien que no fuera Haynes, unos hombres forzudos, embutidos en unas batas blancas, se lo hubieran llevado para someterle a un tratamiento psiquiátrico, que sin duda habría sido eficaz. Jimmy hubiera recobrado la cordura y el sentido común, lo cual habría provocado probablemente su muerte. De modo que para cualquiera que simpatizara con Jimmy y con Jane, es preferible que las cosas sucedieran como sucedieron.
                Aunque a Haynes le hubiera gustado mucho saber por qué fue precisamente en el caso de Jimmy y Jane, y en ningún otro. Tenía que haber algún motivo específico, pero no existía ninguna clave para identificarlo.
                Empezó tres meses después de la muerte de Jane en aquel accidente de automóvil. Jimmy había sentido muchísimo la desaparición de su esposa. Aquella noche no parecía distinta de las otras.
                Llegó a casa como de costumbre, y la garganta le dolía un poco, como de costumbre también, mientras se disponía a abrir la puerta. Resultaba todavía insoportable saber que Jane no estaba esperándole.
                El dolor en la garganta era una sensación familiar que Jimmy confiaba en que acabaría por desaparecer. Pero esta noche era más intenso que nunca, y Jimmy se preguntó con cierta desesperación si dormiría, y en ese caso, si soñaría. A veces soñaba con Jane y era feliz hasta que despertaba, y entonces deseaba abrirse las venas. Pero aquella noche no había llegado a aquel extremo. Todavía no.
                Como le explicó a Haynes más tarde, se limitó a introducir la llave en la cerradura, a abrir la puerta y a echar a andar. Una vez dentro, cerró la puerta detrás de él. Hasta aquí, todo era completamente normal.
                Luego, mientras cruzaba el recibidor, notó una corriente de aire. Volvió la cabeza: la puerta no estaba cerrada. Estaba abierta de par en par. Tuvo que volver a cerrarla.
                Eso fue lo que ocurrió para distinguir aquella noche de cualquier otra, y no existe ninguna explicación del por qué ocurrió aquella noche. Jimmy se acostó con una sensación de desconcierto.
                Estaba convencido de haber cerrado la puerta dos veces. La misma puerta.
                Durmió, afortunadamente, sin soñar. A la mañana siguiente despertó y encontró sus músculos tensos. Era una costumbre adquirida. Antes de abrir los ojos, cada mañana, se recordaba a sí mismo que Jane no estaba a su lado. Era necesario. Si lo olvidaba, el dolor de estar vivo, cuando Jane no lo estaba, resultaba insoportable.
                Aquella mañana permaneció tendido en la cama con los ojos cerrados para recordárselo a sí mismo, y en vez de ello se encontró pensando en el asunto de la puerta. Estaba intrigado. Su sentido común le decía que aquella repetición había sido un simple espejismo, pero su memoria insistía en que se había producido, fuera o no posible.
                Con el ceño fruncido, salió a la calle, desayunó en un restaurante y se dirigió a su oficina. El trabajo era una bendición, porque obligaba a Jimmy a pensar en él. La principal dificultad estribaba en que a veces ocurría algo que a Jane le hubiera divertido oír. y Jimmy tenía que recordarse a sí mismo la inutilidad de tomar nota mental de lo sucedido para contárselo a ella. Jane estaba muerta.
                Durante el día pensó mucho en lo de la puerta, pero cuando llegó a casa supo que iba a pasar una mala noche. No dormiría, y el olvido total aparecería como un recurso muy tentador, ya que el dolor de estar vivo, cuando Jane no lo estaba, resultaba insoportable y Jimmy no podía imaginarle un final.
                Sería una noche muy mala, desde luego.
                Después de colgar su chaqueta se dejó caer en una silla, llenó su pipa y se dispuso a enfrentarse con una noche que iba a ser una de las peores. Encendió un fósforo, aplicó la llama a la pipa y dejó el fósforo en un cenicero.
                En el cenicero había unas cuantas colillas de cigarrillo. De la marca que fumaba Jane. Recién fumados.
                Jimmy los tocó con las puntas de los dedos. Eran reales. Luego se sintió invadido por una intensa rabia. Tal vez la mujer de la limpieza había tenido la intolerable insolencia de fumarse los cigarrillos de Jane. Se puso en pie y recorrió toda la casa, furiosamente, en busca de otras señales de impertinencia. No encontró ninguna. Un poco más tranquilo, regresó a su asiento.
                El cenicero estaba vacío. Y no había nadie en torno para vaciarlo.
                Resultaba lógico interrogar a su propia cordura, y la pregunta quedó sin respuesta. Sólo podía atribuir lo ocurrido a una jugarreta de su propia imaginación.
                Pero continuó pensando en el problema. Durante el día, el trabajo era un don del cielo. A veces era capaz de olvidar por espacio de media hora el hecho que Jane estaba muerta. Ahora, se enfrentaba con el problema de averiguar si estaba loco o cuerdo. Se dirigió al escritorio donde Jane había guardado sus cuentas domésticas. Las examinó metódicamente.
                El diario de Jane estaba sobre el escritorio, con un lápiz entre dos de sus páginas. Jimmy lo tomó con cierto temor. Algún día podría leerlo ¾una absurda crónica que Jane nunca le había ofrecido¾, pero no ahora. ¡Ahora, no!
                Luego se dio cuenta que el diario no tendría que estar allí. Lo soltó, sobresaltado, y cayó abierto.
                Jimmy vio la caligrafía angulosa de Jane y le dolió. Cerró el diario rápidamente. Pero la fecha impresa en la parte superior de la página quedó registrada en su cerebro.
                Permaneció sentado durante varios minutos, completamente inmóvil.
                Cuando volvió a abrir el diario, tenía una explicación absolutamente razonable: Jane no había tenido suficiente espacio con el asignado a cada fecha y se había desentendido del orden cronológico establecido en el cuaderno.
                ¡Desde luego!   Jimmy buscó la última página escrita. Observó que la fecha era la de aquel día. La página estaba llena. La escritura era reciente. Era la caligrafía de Jane.
                «He ido al cementerio ¾decían aquellas líneas¾. Lo he pasado muy mal. Hace tres meses que ocurrió el accidente, y mi estado de ánimo no ha mejorado. Estoy fomentando un odio personal a la casualidad. Ya no me parece una abstracción. La casualidad mató a Jimmy. Pudo haberme matado a mí, o a ninguno de los dos. Quisiera...»
                Jimmy pareció enloquecer súbitamente. Cuando recobró el dominio de sí mismo, estaba mirando fijamente un escritorio vacío. No había ningún cuaderno delante de él. No había ningún lápiz entre sus dedos. Recordaba haber tomado el lápiz para escribir desesperadamente debajo de la anotación de Jane.
                «¡Jane! ¾había escrito. Y podía recordar el aspecto desgarbado de su caligrafía debajo de la de Jane¾. ¿Dónde estás? ¡Yo no estoy muerto! ¡Creí que lo estabas tú! En nombre del cielo, ¿dónde estás?»         Pero no podía haber sucedido nada de aquello. Pura imaginación.
                Aquella noche fue especialmente mala, aunque no tan mala como habían sido otras noches.
                Jimmy experimentaba el horror del hombre normal a la locura, pero aquella no era, por así decirlo, una locura normal. Un lunático tenía siempre una explicación para sus fantasías. Jimmy no tenía ninguna. Observó el hecho.
                A la mañana siguiente compró una pequeña cámara fotográfica con su correspondiente flash y se aprendió de memoria las instrucciones para su utilización. Creía haber descubierto el modo de poner en claro el asunto.
                Y aquella noche, cuando llegó a casa, de oscurecida ya como de costumbre, tenía la cámara preparada.
                Al entrar, su mirada barrió el escritorio: estaba tan vacío como lo había dejado por la mañana. Jimmy colgó su chaqueta y se sentó. Encendió su pipa. De pronto, miró el cenicero y vio varias colillas.
                Se estremeció ligeramente. Continuó fumando, procurando no mirar hacia el escritorio. Sólo después de golpear la pipa contra el cenicero se permitió volver los ojos hacia el lugar donde había estado el diario de Jane.
                Volvía a estar allí. Con una regla encima para mantenerlo abierto.
                Jimmy no se sintió asustado ni esperanzado. No había ningún motivo para que le sucediera esto.         Con el ceño fruncido, cruzó la habitación. Vio la anotación del día anterior y su propio mensaje histérico. Y había algo más escrito detrás de aquello.
                La caligrafía era de Jane.
«Querido, tal vez me estoy volviendo loca. Pero pienso que me has escrito como si estuvieras vivo. Tal vez estoy loca al contestarte. Pero, por favor, querido, si estás vivo en alguna parte y de algún modo...»
                Seguía una palabra semiborrada por una lágrima. El resto era asustado, y tierno, y tan desesperado como las propias sensaciones de Jimmy.
                Jimmy escribió, con dedos temblorosos, antes de poner la cámara en posición y apretar el disparador. Cuando sus ojos se recobraron del fogonazo, no había nada sobre el escritorio.
                Aquella noche no durmió, y al día siguiente no fue a trabajar. Llevó la película a un fotógrafo y pagó lo que le pidieron para que le revelaran y ampliaran inmediatamente la fotografía. Una fotografía muy clara, teniendo en cuenta las circunstancias. Reproducía un cuaderno abierto, y podía leerse lo escrito en sus páginas.
                Jimmy paseó prácticamente al azar durante un par de horas, mirando la fotografía de cuando en cuando. Con fotografía o sin ella, la cosa era absurda. Pero no tardaría en salir de dudas.
                Fue a ver a Haynes. Haynes era su amigo, abogado a regañadientes. A regañadientes, porque sus obligaciones en el Foro robaban mucho tiempo a sus verdaderas aficiones.
                ¾Haynes ¾dijo Jimmy sin dar muestras de excitación¾. Quiero que le eches una mirada a una fotografía y digas si ves lo que veo yo. Es posible que no esté bien de la cabeza.
                Haynes miró. Leyó lo que estaba fotografiado tan claramente en las páginas de un diario que no había estado delante de la cámara. Luego miró a Jimmy con evidente desconcierto.
                ¾¿Le encuentras alguna explicación? ¾preguntó Jimmy. Tragó saliva¾. Yo..., no veo ninguna. Contó lo que había sucedido hasta la fecha, sin eufemismos y sin tratar de hacerlo razonable.
                Haynes le escuchó con asombro. Pero no tardó en asomar a sus ojos una expresión compasiva. Entre otras cosas, el abogado creía en la cuarta dimensión y en otras ideas esotéricas; pero tenía sentido común, y una buena y variada experiencia legal.
                De pronto, dijo amablemente:
                ¾Te hablaré francamente, Jimmy... En cierta ocasión tuve una cliente. Acusaba a un individuo de malos tratos físicos. Un caso muy patético. Ella era absolutamente sincera. Pero su propia familia admitió que ella misma se había producido los moretones que exhibía en su cuerpo, y los médicos llegaron a la conclusión que ella había borrado inconscientemente de su cerebro aquel hecho.
                ¾Sugieres ¾dijo Jimmy, sin perder la calma¾ que puedo haber falsificado esa página del diario para consolarme a mí mismo, y después haber olvidado la falsificación... No creo que sea este mi caso, Haynes. ¿Qué posibilidades quedan?
                ¾Sólo hay una explicación teórica. Lo malo es que en la práctica resulta imposible.
Jimmy esperó.
                ¾Analicemos el accidente que provocó la muerte de Jane ¾continuó Haynes¾. Iban en su automóvil. Te situaste detrás de un camión que transportaba estructuras de acero. Del camión sobresalía, por la parte de atrás, una barra muy larga, de cuyo extremo colgaba un trapo rojo. El camión llevaba frenos de aire comprimido. El conductor frenó inmediatamente después de haber pasado sobre un tramo de pavimento húmedo. El camión se paró. Tu automóvil patinó, a pesar que estaba completamente frenado. ¡Es absurdo, Jimmy!
                ¾Continúa ¾dijo Jimmy, muy pálido.
                ¾Chocaste contra el camión, y tu automóvil zigzagueó un poco mientras patinaba. La barra de acero pasó a través del parabrisas. Pudo haberte herido a ti. Pudo no haber herido a ninguno de los dos. Por pura casualidad, hirió a Jane.
                ¾Y la mató ¾murmuró Jimmy en voz baja¾. Sí. Pero pudo haberme matado a mí. La anotación en el diario da a entender que el que murió fui yo. ¿Te has dado cuenta?
Hubo una larga pausa. El mundo exterior, más allá de las ventanas del despacho de Haynes continuaba siendo prosaico y normal. Haynes se removió en su asiento.
                ¾Creo ¾dijo, como a regañadientes¾ que has hecho lo mismo que aquella muchacha que fue mi cliente: falsificar esa anotación en el diario y luego olvidarlo. ¿Has ido ya a ver a un médico?
                ¾Lo haré ¾respondió Jimmy¾. Pero antes quiero que sistematices mi locura, Haynes. Si es que puede hacerse.
                ¾No es un hecho aceptado por la ciencia ¾dijo Haynes¾. En realidad, está considerado como una patraña. Pero se ha especulado... ¾Hizo una mueca¾. El primer punto es que Jane fue herida por pura casualidad. Podía haberte tocado a ti, o a ninguno de los dos. Si te hubiera tocado a ti...
                ¾Jane ¾dijo Jimmy¾ estaría viviendo en nuestra casa, sola, y podía haber anotado perfectamente esa entrada en el diario.
                ¾Sí ¾convino Haynes¾. No debería sugerir esto..., pero hay un montón de futuros posibles. Nosotros ignoramos cuál nos llegará. Nadie, excepto los fatalistas, puede discutir esa afirmación. Cuando hoy estaba en el futuro, había un montón de ahoras posibles. El momento actual es sólo uno de los muchos ahoras que podían haber sido. De modo que se ha sugerido, te repito que no se trata de un hecho aceptado por la ciencia, sino de pura charlatanería, se ha sugerido que puede existir más de un ahora real. Antes que la barra golpeara a alguien, existían tres ahoras en el futuro posible. Uno en el cual ninguno de los dos resultara herido, uno en el cual el herido fueras tú, y uno... Haynes hizo una pausa, indeciso.
                ¾De modo que algunas personas dirían: ¿cómo sabemos que el ahora en el cual Jane fue herida es el único ahora? Ellas dicen que los otros pudieron haber ocurrido, y que tal vez ocurrieron. Jimmy asintió.
¾Si eso fuera cierto ¾dijo despreocupadamente¾, Jane estaría en un momento presente, un ahora, en el cual el muerto sería yo. Y yo estoy en un ahora en el cual la que murió fue ella. ¿No es eso?
                Haynes se encogió de hombros.
                Jimmy meditó unos instantes y terminó por decir:
                ¾Gracias. Raro, ¿verdad?            Recogió la fotografía y se marchó.
                Haynes era el único que estaba enterado del asunto, y le preocupaba. Pero no resulta fácil denunciar a alguien como loco, sin que exista alguna prueba demostrando que puede ser peligroso.
                Se tomó la molestia de comprobar que Jimmy obraba de un modo razonablemente normal, acudiendo a su trabajo y hablando como una persona cuerda durante el día. Pero Haynes sospechaba que por las noches, en su casa, se portaba de un modo muy distinto.
                Sin embargo, por espacio de una semana, después de la explicación seudocientífica de Haynes, Jimmy se sintió casi alegre. Ya no tenía que recordarse a sí mismo que Jane estaba muerta. Tenía pruebas demostrando que no lo estaba. Jane le escribía en el diario que había encontrado en su escritorio, y él leía sus mensajes y los contestaba. Durante una semana la dicha de poder comunicarse el uno con el otro fue suficiente.
                La segunda semana no fue tan buena. Saber que Jane estaba viva resultaba agradable, pero estar separado de ella sin esperanza no lo era. No había ningún significado en un cosmos en el cual uno sólo podía escribir cartas de amor a su esposa o a su marido en otro ahora posible.      Pero, durante unos días, Jimmy y Jane trataron de ocultarse mutuamente aquella nueva desesperanza.
                Jimmy le explicó eso minuciosamente a Haynes antes que todo terminara. Se encontraron un día en la calle. Habían transcurrido dos semanas desde su última conversación. Jimmy tenía mejor aspecto, aunque había adelgazado mucho. Saludó a Haynes con absoluta naturalidad, pero el abogado, por su parte, se sintió algo incómodo.
                Tras los saludos de rigor, Haynes dijo:
                ¾Oye, Jimmy... Aquel asunto que comentamos el otro día..., aquella fotografía...
                ¾Sí. Tenías razón ¾dijo Jimmy tranquilamente¾. Hay más de un ahora. En el ahora en que yo vivo, Jane está muerta. En el ahora en que vive ella, el muerto soy yo.
                Haynes vaciló.
                ¾¿Te molestaría enseñarme otra vez aquella fotografía? ¾preguntó finalmente¾. Me gustaría ampliarla un poco más. ¿Tienes algún inconveniente?
                ¾Desde luego que no ¾respondió Jimmy¾. Ya no la necesito. Haynes vaciló de nuevo. Jimmy, en realidad, le había contado todo lo que había ocurrido hasta la fecha. Pero no tenía la menor idea de lo que había dado origen a aquellos hechos. Haynes casi se retorció las manos.
                ¾¡No puede ser! ¡Es imposible! ¾exclamó desesperadamente¾. ¡Tienes que estar loco, Jimmy!           Pero no le hubiera dicho aquello a un hombre de cuya cordura sospechara realmente.
Jimmy asintió.
                ¾A propósito, Jane me ha dicho algo. ¿Estuviste a punto de sufrir un accidente anteanoche?, ¿Alguien estuvo a punto de estrellarse contra tu automóvil en la carretera de Saw Mill? Haynes palideció.
¾Al ir a tomar una curva, me salió al encuentro un automóvil que corría en dirección contraria.
                Los dos frenamos de golpe. El otro aplastó mi guardabarros y casi se salió de la carretera. Pero emprendió nuevamente la marcha sin pararse a comprobar si me había ocurrido algo. Si llego a estar cinco pies más cerca de la curva cuando él apareció...
                ¾Estarías donde está Jane ¾dijo Jimmy¾. Sólo cinco pies más cerca de la curva. En el otro automóvil iba Tony Shields. Ahora está..., donde está Jane.
                Haynes se pasó la lengua por los labios. Era absurdo, pero dijo: ¾¿Y qué pasa conmigo?
                ¾Donde Jane está ¾respondió Jimmy¾, tú estás en el hospital.
                Haynes no pudo reprimir una exclamación de enojo.
                Jimmy no podía estar enterado de aquel accidente. No se lo había mencionado a nadie, porque ignoraba quién era el ocupante del otro automóvil.
¾¡No lo creo! ¾exclamó. Pero añadió, en tono de súplica¾: No es cierto, Jimmy, ¿verdad?
¿Cómo diablos podrías saberlo?
                Jimmy se encogió de hombros.
                ¾Jane y yo..., nos queríamos mucho. La casualidad nos separó. Pero nuestro mutuo cariño volvió a unirnos. A veces se dice que dos personas se convierten en una sola carne. Si pudiera ocurrir una cosa así, esas dos personas seríamos Jane y yo. Después de todo, es posible que un diminuto guijarro o una gota de agua de más hicieran patinar mi auto lo suficiente como para matar a Jane..., viéndolo desde donde yo estoy, desde luego. Una causa insignificante. De modo que con semejante nimiedad separándonos, y tantas cosas luchando para volver a unirnos... Bueno, a veces la barrera se hace más delgada. Ella deja una puerta cerrada en la casa donde está. Yo abro aquella misma puerta donde estoy. A veces tengo que abrir la puerta que ella dejó cerrada, también. Esto es todo.
                Haynes no dijo una sola palabra pero la pregunta que no quiso formular era tan evidente que Jimmy la contestó.
                ¾Estamos esperando ¾dijo¾. Es muy triste estar separados, pero el fenómeno continúa produciéndose. De modo que esperamos. Su diario se encuentra a veces en el ahora donde ella está, y a veces en el ahora mío. Quizás... ¾Fue la única vez que Jimmy mostró un rastro de emoción.
                Habló como si tuviera la boca seca¾. Si en algún momento consigo estar en su ahora, o ella en el mío, todos los diablos del infierno no podrán volver a separarnos.
                Era una locura. En realidad, era la tercera semana de locura. Jimmy le dijo a Haynes tranquilamente que el diario de Jane estaba sobre su escritorio cada noche, y había en él una carta de Jane, y él le escribía otra. Dijo tranquilamente que la barrera entre ellos estaba haciéndose cada vez más delgada. Que al menos en una ocasión, al acostarse, estaba seguro de haber contado una colilla más en el cenicero de las que había contado al llegar a casa.
                Estaban muy cerca el uno del otro, en realidad. Sólo estaban separados por la diferencia entre lo que era y lo que podía haber sido. En un sentido, la diferencia era un guijarro o una gota de agua. En otro, la diferencia era la existente entre la vida y la muerte. Pero ellos esperaban. Y confiaban.
                Estaban convencidos que la barrera iba haciéndose más delgada. En una ocasión, a Jimmy le pareció que se habían tocado las manos. Pero no estaba seguro. Estaba todavía lo bastante cuerdo para no estar seguro.
                Luego, una noche, Haynes llamó a Jimmy por teléfono. Jimmy respondió.
Su voz tenía un tono impaciente.
                ¾¡Jimmy! ¾dijo Haynes. Estaba casi histérico¾. ¡Creo que estoy loco! ¿Recuerdas que me dijiste que Tony Shields iba en el automóvil que chocó con el mío?
                ¾Sí ¾dijo Jimmy cortésmente¾. ¿Qué pasa?
                ¾Yo no le había hablado a nadie del accidente ¾explicó Haynes en tono febril¾. Pero hace unos instantes se me ha ocurrido llamarle por teléfono. ¡Y fue Tony Shields! Y me ha dicho que se asustó mucho con lo ocurrido, y que va a pagarme el guardabarros...
A Jimmy no parecía importarle lo más mínimo el asunto.
                ¾Voy ahora mismo hacia tu casa! ¾dijo Haynes¾. ¡Tenemos que hablar!
                ¾No ¾dijo Jimmy¾. Jane y yo estamos muy cerca el uno del otro. Nos hemos tocado el uno al otro de nuevo. Estamos esperando. Confiamos en romper la barrera.
                ¾Pero, ¡eso es imposible! ¾protestó Haynes¾. ¿Qué pasará si tú vas al lugar donde ella está..., o ella vuelve aquí?
                ¾No lo sé ¾dijo Jimmy¾. Pero estaremos juntos.
                ¾Estás loco! No debes...
                ¾Adiós ¾dijo Jimmy cortésmente¾. Estoy esperando, Haynes. Algo tiene que ocurrir...
Se interrumpió. Se produjo un ruido en la habitación, detrás de él; Haynes lo oyó. Sólo dos palabras, débilmente, y a través de un teléfono, pero Haynes se juró a sí mismo que era la voz de
Jane, palpitante de felicidad. Las dos palabras que Haynes creyó oír fueron: «¡Jimmy! ¡Querido!» Haynes permaneció desvelado toda la noche. A la mañana siguiente llamó a Jimmy por teléfono a su casa, y luego llamó a su oficina, sin resultado positivo.
                Entonces acudió a la policía. Explicó que Jimmy había dado muestras de un gran desequilibrio nervioso desde que murió su esposa.
                De modo que finalmente la policía se presentó en la casa. Tuvieron que descerrajar la puerta, ya que todas las puertas y ventanas habían sido cuidadosamente cerradas por dentro, como si Jimmy hubiese querido asegurarse para que nadie pudiese interrumpir lo que él y Jane esperaban que iba a suceder.
                Pero Jimmy no estaba en la casa. No había el menor rastro de él. Parecía haberse desvanecido en el aire.
                La policía efectuó numerosas pesquisas tratando de localizar a Jimmy o su cadáver, pero no se encontró ninguna pista. Nadie volvió a ver a Jimmy. Se cerró la investigación, dando por sentado que Jimmy se había marchado de la ciudad, y todo el mundo aceptó aquella evidente explicación.
                Lo que realmente intrigaba a Haynes era el hecho que Jimmy le había dicho quién ocupaba el automóvil que chocó con el suyo en la carretera de Saw Mill, y era verdad. Y había otro hecho desconcertante: el de la fotografía del diario de Jane. Pero, por otra parte, si había ocurrido algo, ¿por qué les había ocurrido precisamente a Jimmy y a Jane, y a nadie más? ¿Qué es lo que había puesto en marcha el mecanismo? ¿Por qué habían empezado aquellas rarezas en aquel momento determinado, a aquellas personas determinadas, de aquel modo determinado? En realidad, ¿había ocurrido algo?
                Ahora, después de la desaparición de Jimmy, a Haynes le hubiera gustado poder hablar con él una vez más: hablar tranquilamente, sin temor y sin histeria de ninguna clase.
Ya que él le había sugerido a Jimmy, y Jimmy la había aceptado, la posibilidad del otro ahora.
Pero con aquella aceptación habían llegado otras. En una, Jane estaba muerta. En una, Jimmy estaba muerto. Entre aquellas dos, la barrera había ido adelgazando... ¡Si pudiera hablar de ello con Jimmy!
                Existía también un ahora en el cual ambos habían muerto, y otro en el cual ninguno de los dos había muerto. Y si lo que cada uno de ellos deseaba tan desesperadamente era reunirse con el otro..., ¿qué ahora era ése?
Esas eran cosas que a Haynes le hubiera gustado mucho saber, pero mantuvo la boca cerrada, para no exponerse a que se presentaran unos hombres robustos, embutidos en unas batas blancas, y se lo llevaran para someterle a tratamiento. Como se hubieran llevado a Jimmy.
La única cosa realmente segura era la imposibilidad de todo. Pero, para alguien que simpatizara con Jimmy y Jane ¾y sin duda para los propios Jimmy y Jane¾, cualquiera que fuese la barrera que se había roto, era una imposibilidad más bien satisfactoria.
El automóvil de Haynes fue reparado. Podía haber ido fácilmente al cementerio. Por algún motivo desconocido, nunca lo hizo.

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