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miércoles, 19 de marzo de 2014

¿Cuánto vale un maestro?

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¿Cuánto vale un maestro?
Autor: Germán Díaz
Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social
germansdb@gmail.com

Esta es la pregunta que uno se hace cada vez que escucha a los funcionarios públicos y a algunos disparatados aprendices del “hablemos sin saber”[1] de cada día: ¿Cuánto vale un maestro? ¿No es la  educación el cimiento fundamental de un pueblo? No son los edificios, ni las netbooks, ni los aberrantes discursos políticos demagógicos los que educan. La verdadera educación, es cierto, comienza en la casa, la familia. Pero ¿qué ocurre donde no hay familia y donde no hay madre ni padre presentes? Cuando una sociedad, como la nuestra, haya caído más profundamente en el mal ejemplo y la grosería, ¿quién seguirá siendo, a pesar de todo, el garante de la formación, el sostén de los valores, el afecto demostrado, el psicólogo, el cura, la segunda mamá, el adulto ejemplar…? ¿Quién será sino el docente?
No hace mucho, vi llegar a la escuela céntrica de una ciudad del norte argentino a una maestra en una bicicleta negra de caños gruesos y a sus alumnos que la saludaban desde una Hyundai 4x4 conducida por su papa concejal. Poco tiempo después, ese funcionario rebajó a la “maestrita” y le pidió explicaciones sobre su accionar en un caso de indisciplina, sin mucha importancia. Un concejal, en algunas provincias, gana diez veces más de sueldo que un maestro. La maestra lloraba porque no podía cumplir con el pedido del padre. ¿Cuándo vimos a un político llorar por no encontrar soluciones a los problemas reales del pueblo? Nunca, y quizás no lo veremos tampoco.
Genera violencia interior pensar que los que critican a los maestros por sus reclamos de sueldos viven en Puerto Madero (Buenos Aires) o en hermosos barrios privados con vista a lagos artificiales, tan pero tan artificiales como sus relatos políticos. No es bueno proponer el odio, sí, desde el evangelio, despertar las conciencias dormidas del populismo insano y déspota que usa al pueblo solo para batallas políticas y reeleccionistas. Tanta mentira sin escrúpulos algún día se conocerá, y les contaremos a las generaciones futuras que la Educación fue utilizada para el desprestigio de los maestros que una vez fueron gloria y hoy son solo un sueldo por el que deben pelear. Un gobierno que no cuida a sus maestros se puede morir en cualquier momento, no tendrá, seguro ningún lamento, ningún recuerdo, ningún monumento. Los maestros no piden limosna, ni lastima, solo justicia o al menos respeto. Qué lejos estamos de esa visión positivista que colocaba al maestro y a la escuela en un lugar casi de privilegio[2].
¿Cuánto vale un maestro? Mucho más que un aumento, mucho más que una atención anual por su día, mucho más del simple “Gracias, Seño”. Un maestro implica un valor enorme para una sociedad. Pero, para valorar el gran trabajo de un maestro, primero debemos ser un gran pueblo. No lo somos, por cierto. Las deudas pendientes son muchas. Para volver a ser una gran Nación, esa que soñaron nuestros abuelos, la que trabajaron nuestros padres y la que merecen nuestros hijos y nietos, es hora de que bajemos nuestro orgullo, frenemos nuestra soberbia y caminemos con humildad por la construcción en serio de un país con buena gente, futuro, educación, justicia, pobreza cero, políticos comprometidos con los principios republicanos y democráticos, con una economía cuidada y no improvisada. Una buena manera de volver a ser un gran país es reconocer que, en el comienzo de un país fuerte y serio, hay una gran educación con buenos maestros que no necesitan perder tiempo en sindicalismo. Maestros que lleguen a fin de mes tranquilos, ocupados en su valiosa tarea de enseñar y compartir con los niños, las niñas y los adolescentes que, en palabras de la familia salesiana, son: “La porción más delicada y valiosa de la sociedad humana”[3].

[1] Sección del programa televisivo Sin codificar.
[2] Ideología positivista que presidió el proceso de secularización que acompañó la conformación de los sistemas educativos y reivindicó, para la ciencia y la escuela, un carácter y una dignidad moral casi sagrados. La escuela del Estado tenía por función construir esa nueva subjetividad que se le asignaba al ciudadano de la república moderna. La tarea del maestro es el resultado de una vocación, su tarea se asimila a un “sacerdocio" o "apostolado", y la escuela es "el templo del saber"… “La enseñanza, más que una profesión, es una "misión" a la que uno se entrega, lo cual supone una gratuidad proclamada que no se condice con lo que la sociedad espera de una profesión, entendida como actividad de la cual se vive, es decir, de la que se obtiene un ingreso y una serie de ventajas instrumentales, como salario, prestigio, etc.
Inés Aguerrondo, IIPE/UNESCO, Sede Buenos Aires, Pontificia Universidad Católica Argentina, Seminario: “Desafíos para la Educación - Una mirada a diez años”, Universidad Católica del Uruguay, Montevideo, 26 y 27 de mayo 2010).
[3] Para contribuir a la salvación de la juventud la porción más delicada y valiosa de la sociedad humana-, el Espíritu Santo suscitó, con la intervención materna de María, a san Juan Bosco (Constituciones Salesianas, artículo 1).


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