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sábado, 10 de enero de 2009

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Sustraído del periódico la Jornada 10 de octubre
LA CUNA DE LA DEMOCRACIA
Gilberto Guevara Niebla


Según una encuesta nacional realizada recientemente por nexos, el 86 por ciento de los padres consideran que la escuela es el lugar donde más aprenden los niños; sin embargo, el 27 por ciento juzga que a los infantes no les gusta la escuela. Por otro lado entre los entrevistados, el 51 por ciento opino que los maestros están mal preparados. En educación, la conciliación entre padres de familia y maestros ha sido siempre difícil; unos y otros tienden a responsabilizarse recíprocamente de los fracasos escolares de los niños. No obstante es claro que en las circunstancias actuales—con la profesionalización creciente de la enseñanza y la tasa en aumento de madres laborantes—las acusaciones tienden a centrarse sobre la figura del maestro.
Por su parte, los profesores advierten que los apoyos extraescolares que reciben sus alumnos cada vez son menores, comenzando por los padres que reniegan de la vieja tradición que los hacía corresponsables con el maestro de la educación de los hijos.
En un reciente encuentro con los profesores de primaria, estos lamentaban la deficiente preparación con la que llegaban a la primaria los niños, el lector se preguntará, justamente ¿De qué preparación hablan? Pues bien, se trata, dicen los maestros, de la preparación elemental que los menores reciben de sus padres para interactuar con otros niños o con los adultos. Es decir, de actitudes y habilidades como: respetar a las otras personas, no interrumpirlas, tener un mínimo de autodisciplina, ordenar y cuidar sus útiles escolares, cuidar la higiene personal, etcétera. Pero hay además un conjunto de aspectos que podrían juzgarse como secundarios y, recaban, no obstante, una enorme importancia en la educación inicial de los niños. Cuando un menor al relacionarse con otros niños, usa expresiones como “gracias”, ”con permiso”, “discúlpame”, “por favor”, está usando recursos verbales que sirven para negociar su convivencia diaria con los demás.
En realidad, la forma de las relaciones que las personas viven en su primera infancia determina en gran parte la forma de su vinculación con los demás en la vida adulta. La escuela primaria es, sin duda nuestra primera escuela de educación política y las relaciones entre alumnos son, en los primeros años escolares, los primeros ejercicios de democracia. El seguimiento a los líderes, el apelar a razones para actuar, el respetar a los demás, el apoyar y ayudar a quienes lo necesitan, el conocer los derechos que a uno lo asisten, el negociar y no apelar a los puños para resolver un conflicto, todo esto se comienza a aprender en el hogar, a partir de la educación de los padres y continua aprendiéndose en la escuela primaria. La posibilidad de afirmar en la sociedad un sistema político democrático y, con ello, una convivencia civilizada reposa, en germen, en el hogar y en la escuela primaria. Es cierto que contra ese propósito milita, activamente la televisión.
Ese medio electrónico contribuye, es cierto, a aumentar los niveles de información de los niños y está probado que juega, a veces, el papel sustituto de la educación preescolar para muchos niños pobres. Pero es evidente que ella tiene, también, un impacto negativo. Ella exalta el culto a la violencia, a los superhéroes, difunde una visión maniquea del mundo, debilita la vida interior de las personas, estimula la superficialidad, etcétera; pero, en términos de lo que hablamos, no educa para la solución negociada—democrática—de los conflictos, sino que favorece las soluciones de fuerza.
En este sentido este tercer actor. La TV, se revela como un lastre de educación no democrática que debe sin duda ser adecuadamente contrarrestado. ¿No es acaso el momento oportuno para definir una política educativa especifica que permita a padres, maestros y alumnos aprender a decodificar el mensaje no democrático de la TV?

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