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lunes, 3 de octubre de 2016

ALFABETO RACISTA MEXICANO

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ALFABETO RACISTA MEXICANO

Novena y última entrega de la serie.

EXILIOS
Aprovecho esta letra poco utilizable para referirme tal vez al único tipo de extranjeros que se han librado de nuestra implacable xenofobia (ver Sinofobia): los exiliados políticos llegados en dos grandes oleadas en el siglo XX: primero de España, durante y después de la Guerra Civil de 1936 a 1939; después de los países del Cono Sur y de América Central, en los años setenta y ochenta. A la fecha muchos mexicanos se enorgullecen con razón de la hospitalidad de nuestro gobierno y de nuestra sociedad con estos refugiados, a muchos de los cuales salvaron de una muerte segura a manos del fascismo y las dictaduras militares. Sin embargo, la manera en que nos contamos esta historia también tiene su sombra racista.
Hace unos años, un investigador extranjero confirmó mis sospechas sobre la forma en que se ha dado por recordar el primero de estos exilios, el español. Tras mucho investigar, se dio cuenta que buena parte de los relatos sobre el asunto repetían sin mucha crítica una exaltación de los republicanos como pertenecientes a una élite intelectual que llegó a México a sembrar la luz de la verdad en todos los campos del conocimiento y la cultura. Este relato, añado yo, no es muy distinto al que se cuenta de los frailes del siglo XVI que vinieron a estas tierras a enseñar la verdadera religión a unos indígenas cegados por las tinieblas del demonio. Cuando el historiador trató de publicar un artículo en que planteaba que este tipo de narrativas tenían incluso un carácter cercano al racismo, el editor de la prestigiosa revista “científica” en la que lo presentó le exigió que suprimiera esta afirmación o se negaría siquiera a someterlo a dictamen académico. Este lamentable ejercicio de censura confirmó, de alguna manera, sus peores sospechas respecto a la forma oficial de recordar el exilio.
¿Por qué pensar que esta visión idealizadora puede tener tintes racistas? Me parece que las narraciones sobre los republicanos españoles se han integrado de manera poco reflexiva con, y han venido a fortalecer, nuestra tradicional glorificación de la blancura y de la cultura “occidental” como las formas únicas de la verdad y del progreso (ver Whiteness/blancura y Homogeneidad racial). Eso ha hecho casi natural atribuir a un grupo de exiliados europeos de clase media y de alto nivel educativo un papel providencial de redentores culturales. Tres o cuatro generaciones después esta visión ha prohijado un criollismo un poco petulante, reproducido en ciertas escuelas privadas de la Ciudad de México, que da por cierto que todo lo bueno de nuestro país no puede más que provenir de esta élite brillante. Esta convicción desprecia a otros republicanos menos educados y menos privilegiados que llegaron en los mismos barcos; también excluye de manera mucho más tajante a los “gachupines”, sus compatriotas que emigraron a México por razones económicas o personales. Ya la difunta historiadora de origen español Dolores Pla señaló con sensibilidad estas distinciones y realizó un examen honesto de los privilegios de que gozaron en México los españoles en general, y más particularmente los republicanos de élite y sus descendientes.
Con esta reflexión no pretendo acusar de racismo a los admiradores del eXilio español. Hago tan solo un llamado a recordar que en nuestro país es demasiado fácil dar por hecho que las ventajas que nos da el color de piel y el privilegio social son méritos propios y también corremos siempre el peligro de que esta confianza en uno mismo (por llamarla de alguna manera) se transforme en discriminación, consciente o inconsciente, contra los que no son tan afortunados como uno.

¿Y la democracia qué?
Ya van a ser 30 años de que la democracia “sin adjetivos”, de una concepción formalista y puramente electoral de lo que debía ser la vida política que se convirtió en la meta de nuestra imaginaria transición política y en la bandera de generaciones de “demócratas profesionales” en la academia y los periódicos. Hoy en día basta con observar la mediocridad insalvable de nuestros políticos, la corrupción descarada de nuestros partidos, la inutilidad faraónica de nuestras instituciones electorales y la creciente falta de legitimidad de todo nuestro sistema electoral para que concluir que una visión tan empobrecida de la democracia tenía que llevar a resultados igualmente paupérrimos.
No soy yo el perito legal ni forense que pueda levantar la autopsia de este cadáver. Lo que me interesa proponer es que una de las deficiencias más graves de este proyecto ha sido su repetida negación de la diversidad cultural mexicana y su ignorante menosprecio por las formas realmente existentes de hacer política en nuestro país: en otras palabras, su racismo encubierto y pernicioso.
Esta actitud prejuiciosa resultó particularmente grave porque en la última década del siglo pasado México también vivió la movilización política de muchos pueblos indígenas para conseguir el reconocimiento legal de sus formas de gobierno locales y particularmente de las elecciones por “usos y costumbres”. La formalización de estas prácticas políticas tan difundidas en muchas regiones del país despertó la ira de los demócratas profesionales: argüían que eran incompatibles con los valores democráticos “universales” que ellos defendían y que sus múltiples deficiencias (la exclusión de las mujeres, la intolerancia religiosa, el autoritarismo) las volvían una amenaza a la naciente democracia mexicana. Cuando traté de señalar a uno de estos exaltados críticos que los mismos defectos eran tanto o más notorios en el sistema político nacional, él respondió que la democracia que defendía era un ideal, no la triste realidad. Su razonamiento muestra el tamaño del privilegio que ejercen los demócratas profesionales: pueden considerarse superiores al resto de los mexicanos no por lo que son y hacen realmente, sino por lo que pretenden ser. En términos publicitarios la democracia no es más que otro ideal aspiracional que permite que sus defensores presuman que su cabello será más lindo que la greña oscura de su rival porque ya se compraron el tinte de pelo número 37 que los volverá rubios “platinados”.
Según esta lógica, las innegables deficiencias de las instituciones y prácticas políticas indígenas son condenadas como fallas sin solución y taras esenciales, son un cabello irremediablemente “feo”, mientras que los defectos igualmente flagrantes de la política “mestiza” se consideran errores aún no corregidos, máculas que se podrán superar con la aplicación de los cosméticos importados.
En suma, podemos concluir que esa democracia que negó todos los adjetivos nunca pudo prescindir de uno no confesado: siempre se imaginó “blanca”. La democratización nacional requería el whitening/blanqueamiento de nuestras formas de pensar, hacer y participar en la política. Para sus promotores más exaltados, la transición democrática del siglo XXI habría de lograr por fin lo que el liberalismo del XIX y el mestizaje del XX no pudieron: esa transformación milagrosa casi alquímica que nos libraría por fin de la mancha de nuestra cultura indígena intrínsecamente autoritaria. Para profundizar en la crítica de esta perspectiva sesgada, recomiendo los artículos de Antonio Álvarez Prieto y Alejandra Leal en Horizontal.
Una fantasía similar se agazapa, a mi juicio, tras las aspiraciones de quienes han clamado por décadas para que México tenga una “izquierda moderna”. Ya fuera que se acogieran al modelo del eurocomunismo en los años setenta y ochenta del siglo pasado (disculpen ustedes este paseo por la prehistoria) o de la socialdemocracia neoliberal de los noventa hasta hoy, esta izquierda se imagina cosmopolita, integrada por individuos conscientes y leídos con una cultura plenamente occidental (es decir, white/blanca); librada por fin de esos vergonzosos compañeros clientelares y corporativos, demasiado ignorantes, demasiado populares, demasiado poco modernos y sofisticados.
Hoy en día, el fracaso nacional de la democracia sin objetivos no nos debe cegar al hecho de que a nivel local la democracia está más viva que nunca. Incontables comunidades indígenas y pueblos “mestizos” realizan hoy en día en muchos rincones de México experimentos de gobierno y de autogestión muy diversos: desde Cherán hasta los caracoles, desde las redes políticas que permitieron a los wixarika (huicholes) salvar Wirikuta hasta los experimentos de constituciones locales de tantos pueblos oaxaqueños. Estos sistemas políticos padecen de muchos de los defectos señalados por los demócratas profesionales, desde luego, pero diversos pueblos y comunidades han realizado esfuerzos conscientes por reformar sus instituciones y sus prácticas para resolver estos problemas.

Zapatistas
La última letra y la entrada final de este alfabeto corresponde a uno de los fenómenos más esperanzadores y revolucionarios, en el verdadero sentido de la palabra, que han sacudido a México en el último cuarto de siglo: la insurrección zapatista y la subsecuente irrupción de los pueblos indígenas en la escena política y cultural mexicana.
Los zapatistas (es decir, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional) desataron (o, más bien, hicieron visible) el florecimiento social, político y cultural de los pueblos indígenas. Hoy en México se escuchan como nunca antes las voces de políticos, intelectuales, académicos, artistas y poetas en las 68 lenguas nacionales. Hoy ya casi nadie se atrevería a afirmar que “los indios ya se están acabando”, como hacían personas educadas y progresistas antes de 1994. México es hoy un país más plural y un poco menos excluyente gracias a ellos. Al mismo tiempo, sin embargo, la marginación social y económica de los pueblos indígenas (ver Indígenas) sigue siendo una de los mayores problemas de nuestro país y es acompañada por una persistente discriminación cultural y racial.
Este fue, precisamente, uno de los obstáculos que los zapatistas no lograron superar: los prejuicios de la sociedad mexicana que se cree mestiza, que asume que todos los mexicanos deben ser iguales y que desconfía de quienes no lo son. Todavía recuerdo la indignación con que un conocido reaccionó a la aparición de la Comandante Ramona ante el Congreso criticando precisamente el hecho de que vistiera, pareciera y hablara como lo que era: una mujer campesina y hablante de tzeltal. En México la idea de quién es respetable e inteligente, de cómo se debe hablar y vestir está indisolublemente asociada a una definición racializada: se trata siempre de un mestizo hispanoparlante (ver Español) lo más whitened/blanqueado (ver Whitening) y lo mejor “educado” posible (es decir, lo más familiarizado con la cultura occidental y sus modas del momento).
Estos prejuicios sobrevivieron, como zombies indestructibles, incluso el periodo más álgido de la manía zapatista. Muchas de las personas progresistas que abrazaron la causa como la fiebre del momento no examinaron a fondo sus propias concepciones culturales ni las modificaron de manera profunda. Así adoptaron las reivindicaciones étnicas y políticas del movimiento por simple solidaridad sin pensar a fondo sus consecuencias para la definición de lo que significa ser “mestizo” en el México actual. Roger Bartra tuvo la claridad de oponerse a esta epidemia un poco irreflexiva con el argumento de que este tipo de demandas se contraponían al programa tradicional de la izquierda, basado en los valores universales de la Ilustración. Los demás, no se preocuparon por la contradicción, ni por resolverla, dejando intacta así la hegemonía de la cultura occidental en nuestra sociedad.
En este sentido me parece que la figura del Subcomandante Marcos jugó un papel ambiguo. Por un lado, el portavoz del movimiento indígena, como “mestizo”, tenía todas las características “positivas” para lograr que muchos más sectores de la sociedad mexicana (y mundial) escucharan a los zapatistas y prestaran atención a sus demandas. Estoy seguro que si el vocero hubiera sido un indígena los prejuicios contra su forma de hablar, su aspecto físico y su cultura hubieran cerrado mucho oídos y ojos, bien intencionados y progresistas, a su propuesta. Tácticamente la figura occidentalizada y mestiza de Marcos ganó una batalla clave: la de la aceptación de la opinión pública. Estratégicamente, sin embargo, su éxito no contribuyó a desmontar los prejuicios mestizos, incluso los fortaleció. La marcomanía se convirtió en parte en una confirmación perversa de los prejuicios de superioridad de los “mestizos” (y de bastantes extranjeros) erigidos en salvadores y redentores de los indígenas.
En suma, la revolución zapatista sigue inconclusa no por el “problema indígena” sino por el “problema mestizo”: nuestra negativa e incapacidad para renunciar a esa ideología racista y elitista que nos clasifica todavía según nuestro color de piel y nuestra “cultura” privilegiada.
Federico Navarrete
Federico Navarrete, historiador y escritor, trabaja en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Entre sus libros más recientes están México Racista (Grijalbo 2016) y Hacia otra historia de América (UNAM, 2015). También publicó la novela Nahuales contra Vampiros. Del mar a la montaña (Montena 2014).
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